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La infanta Elena de Borbón ha protagonizado hace unos días un incidente, cuando menos desagradable, con un fotógrafo. Estaba siendo fotografiada cuando pidió que la dejaran tranquila. Como el acto estaba programado por la Casa Real y se inscribía dentro de los actos oficiales el fotógrafo continuó con su trabajo, hasta que fue interrumpido de nuevo por la infanta que con un tono nada tranquilizador le recriminó con un "gracias, eh, gracias, ya te la devolveré". Una frase que en boca de otra persona no tiene mayor importancia, pero si eres fotógrafo y te dedicas a hacer Casa Real puede significar que te quedes sin trabajo y sin dar de comer a tus hijos. Así, sin más. http://tinyurl.com/2uh5k7t
No es la primera vez que un miembro de la familia real hace algo similar, pero sí es la primera vez que una salida de tono monárquica adquiere relevancia pública. Durante treinta y cinco años los periodistas acreditados ante la Casa Real, compuesto por una cohorte de cortesanos y siervos que no son periodistas aunque así se lo llamen a si mismos, han callado y regalado "carta blanca" o "barra libre" a la familia real española, privando a los españoles de conocer la verdad de lo que se cuece en la monarquía, algo que no sucede en Gran Bretaña, Holanda, Suecia o Dinamarca, verdaderas democracias.
Aquí, con el pretexto del cambio político a la democracia y de la unidad de los españoles nos parecen normales muchas cosas que a otros representantes de la política nacional no se le perdonan nunca. Todavía recuerdo las imágenes del jefe de prensa del ministro de Trabajo recriminando a un redactor de TVE su visión del Ministerio o cómo fueron repetidas hasta la saciedad las fotos de las hijas de Zapatero con la familia Obama y con el único delito cometido de ser "góticas". O los detalles que se han publicado de la vida de jueces, incluidas sus tendencias sexuales o ministros. Sin embargo, nadie protesta porque la información sobre la Casa Real esté sometida a una continua censura, que se manifiesta desde pequeñas cosas como la obligación de acudir a las ruedas de prensa con traje y corbata o la imposibilidad de realizar preguntas a no ser que hayan sido pactadas antes, o la retirada de fotos molestas, como las del Rey a bordo de un yate durante unas vacaciones o las de la princesa Leticia con un falda por la cintura, víctima de un inevitable golpe de viento.
Ese endiosamiento no debe de ser fácil de llevar, y más siendo hija del Rey a quien le dieron absolutamente todo hecho desde la cuna -matrimonio incluido-, y viendo cómo todo el mundo te hace reverencias, que nunca ganaste ni mereciste, e incluso ríen las patadas que tu hijo le propina a otro niño en una boda, algo que si hiciera el hijo del vecino nos molestaría por maleducado. La infanta Elena debería aprender de su madre, la reina Sofía, que jamás puso un mal gesto a nadie ni contestó una pregunta con una mala respuesta ni mucho menos amenazó a ningún fotógrafo.
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La pasada semana escribía Eulogio López en su portal Hispanidad (http://tinyurl.com/35owjod) un post en respuesta a Fernando González Urbaneja, presidente de la APM (Asociación de Periodistas de Madrid) en relación a unas desafortunadas o malentendidas declaraciones de este segundo sobre el oficio de periodista. Habría dicho el presidente de la APM durante una conferencia en Pamplona que los periodistas se dividen entre “serenos” y “perturbadores” y que él prefería a los primeros. Defendía López a los segundos frente a los primeros.

Sin entrar en quien tenga o no razón, –al parecer las palabras de González Urbaneja fueron sacadas de su contexto real, referido sólo a un tema en particular– es cierto que una de las asignaturas pendientes de nuestra profesión es todavía el debate sobre el oficio de periodista. ¿Debemos plegarnos a las exigencias de nuestros editores y convertirnos en empresa, como ocurre cada vez con más frecuencia, o por el contrario, debemos continuar fieles al espíritu crítico y de creación de debate que debe tener todo buen periodista, como enseñan en las facultades? Algunas cuestiones personales me hacen pensar que yo pertenezco, sin haberlo elegido nunca, a este segundo grupo, al de los perturbadores. Lo malo o lo bueno, es que –como dice Eulogio López– yo prefiero seguir siendo un perturbador.

Ya escribió Chesterton hace un siglo: “El mal del periodismo no está en los periodistas. No está en los pobres hombres que hacen su trabajo en los niveles inferiores de la profesión, sino en los hombres ricos que están en lo más alto de la profesión e incluso tan alto que no pertenecen a ella. El problema de la prensa es el trust de la Prensa, del mismo modo que había un problema con el trust del trigo, dicho esto sin intención alguna de vilipendiar a quienes cultivan trigo. En la plutocracia americana, no la prensa americana”. Si lo aplicamos al caso español, el autor de “Los relatos del padre Brown” no podría haberlo reflejado mejor.